En la mañana de este domingo, una lluvia copiosa cayó sobre la ciudad y se convirtió en la excusa perfecta para no asistir a la iglesia. Después del desayuno, me senté frente al escritorio y encendí el computador para revisar noticias cristianas en distintos portales informativos. De pronto, me impactaron algunos titulares acompañados de imágenes estremecedoras: “Cristianos enfrentan pena de muerte por adorar a Dios”, “Masacre de 30 cristianos en Etiopía”. En ese momento, el Espíritu Santo me redarguyó profundamente, por esta débil excusa, y sentí la necesidad de buscar más información, especialmente sobre lo que ocurre en Corea del Norte.
En ese país, la realidad es radicalmente distinta a la que vivimos en nuestros países. Acá, asistir a la iglesia, orar o leer la Biblia suele quedar supeditado al cansancio, a la agenda personal o a la comodidad del entorno, a un día lluvioso. La libertad religiosa se ha vuelto tan cotidiana que, en muchos casos, ha perdido el sentido de urgencia y su verdadero valor.
En cambio, ser descubierto con una Biblia, en Corea del Norte, no da lugar a debates ni sanciones menores: significa la muerte inmediata o la condena a cadena perpetua en campos de trabajos forzados. Y el castigo no recae solo sobre el creyente, sino también sobre tres generaciones de su familia. El simple acto de creer en Jesucristo es considerado un crimen contra el Estado.
No niegan a Cristo
Corea del Norte es, según el portal Puertas Abiertas, el país más peligroso del mundo para los cristianos. No existen templos visibles ni cultos públicos. La Iglesia vive en la clandestinidad. Los creyentes se reúnen en bosques helados, en túneles subterráneos o en la oscuridad de sus casas. No hay bancas cómodas ni sistemas de sonido; hay miedo, vigilancia constante y una certeza aterradora: si son descubiertos, no habrá juicio, solo ejecución.
Las imágenes y los testimonios que leí no eran “cuentos” de terror ni exageraciones sensacionalistas; eran representaciones crudas de una realidad que duele profundamente. Para muchos de nosotros, el Evangelio se ha convertido en una opción de fin de semana. Para ellos, es una sentencia de muerte. Y aun así, no niegan a Cristo.
Oran por fuerza
Lo más impactante es esto: los cristianos perseguidos en Corea del Norte no oran principalmente para que la persecución termine. Oran para tener fuerzas. Oran para no traicionar a Jesús en medio del dolor, del hambre, del miedo y de la tortura. Su fe no depende de la comodidad, sino de una convicción profunda y eterna.
Y no es solo Corea del Norte donde la fe puede costar la vida. En Somalia, Yemen, Sudán, Eritrea, Siria y Nigeria, entre otros los cristianos enfrentan amenazas constantes, ataques a sus comunidades y discriminación sistemática por practicar su fe. Lo que para muchos es un derecho garantizado, para ellos es un riesgo diario que exige valentía y entrega total.
Esta realidad nos confronta. Nos obliga a mirarnos al espejo espiritual y preguntarnos con honestidad: ¿qué excusa pondremos hoy para no buscar a Dios?
Hoy tenemos libertad. Hoy podemos orar, leer la Biblia y congregarnos sin temor a morir por ello. Que esa libertad no sea motivo de indiferencia, sino de gratitud y compromiso.
Que su fe, la de estos países perseguidores, nos despierte. Que su valentía nos inspire. Y que nunca olvidemos que lo que para nosotros es fácil, para otros cuesta la vida.
PD: Llovió todo el día y no fui a la iglesia.

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