Johan Rojas Sinning: cinco años de ausencia, una vida que sigue hablando

Homenaje póstumo al pastor Johan Rojas Sinning a cinco años de ausencia
Pastor Johan Farit Rojas Sinning

Homenaje póstumo

Barranquilla recuerda a un pastor, maestro y padre espiritual cuya vida sembró convicciones, formó líderes y dejó una huella imborrable.

Resulta difícil, incluso para el pueblo de Dios, sustraerse a la añoranza cuando evoca a quien ha partido a la Eternidad. La fe no anula el dolor, pero sí le concede un horizonte. Por eso, como enseñó el apóstol Pablo, no estamos llamados a ignorar a los que duermen en Cristo, ni a abandonarnos a una tristeza sin consuelo, sino a afirmar, en medio de la ausencia, la certeza de que quienes partieron en el Señor permanecen en Él, aguardando el cumplimiento glorioso de la resurrección prometida (1 Tesalonicenses 4:13-17).

Hoy, 4 de abril de 2026, la memoria se inclina con reverencia ante la vida ministerial del pastor Johan Farit Rojas Sinning, porque en una fecha como esta el cielo lo recibió en su gloria. Mientras en la eternidad había plenitud, en la tierra sus familiares, amigos, ovejas y conocidos fueron atravesados por un dolor profundo, de esos que dejan huella en el alma. Y no podía ser de otro modo, porque el sufrimiento forma parte de la condición humana, y el mismo Cristo conoció el peso del quebranto y de la aflicción (Isaías 53:3). Toda separación verdadera hiere, porque siempre duele soltar a quien se amó con hondura. Pero aun en medio de esa herida, el Espíritu Santo ha sido fortaleza, consuelo y sostén.

Al cumplirse cinco años de su partida, permanecen vivas muchas lecciones. La más alta de ellas ha sido comprender que, salvo la excepción del rapto, no hay tránsito a la Eternidad con Cristo sin pasar por la muerte, y que morir para resucitar en gloria constituye, en realidad, la victoria suprema. La partida del pastor recordó a muchos que es necesario vivir preparados en todo tiempo, cualquiera sea la edad, la estación de la vida o el momento ministerial, porque el llamado a la Eternidad puede llegar en cualquier instante. Y ese paso no admite improvisación. Exige un caminar serio, fiel y perseverante con Cristo, como el que sostuvo en vida el pastor Johan.

Su recuerdo permanece unido a las cualidades que lo definieron desde muy temprano: sabiduría, firmeza, entrega y una devoción visible por la obra de Dios. A comienzos de la década del 2000 llegó a ser presidente y pastor de la Iglesia y Concilio “El Buen Samaritano”, junto a su madre, la apóstol y profeta Rosmelia Sinning de Rojas. Antes incluso de cumplir los treinta años ya hacía parte de importantes organizaciones cristianas y ocupaba responsabilidades de relieve en distintos escenarios de la ciudad de Barranquilla. Fue superintendente y director regional del Concilio Internacional “Evangelismo Vivo de Colombia”, coordinador en la cadena Radio Minuto 1520, y primer decano y rector del Pontifical Bible College, que en la iglesia de su madre operaba bajo la visión de Reina-Valera desde 2008. Barranquillero de ascendencia judía, reunió en una sola vida una vocación múltiple y fecunda: fue abogado especialista en derecho penal y política pública, músico, teólogo y Ph.D en Teología Bíblica, además integrante del directorio regional del entonces partido político cristiano “Colombia Justa Libres” desde donde acompañó algunos dirigentes políticos del Atlántico. Recibió la acreditación de Ministro Ordenado por el Seminario Mayor Ignacio de Antioquia y alcanzó también la más alta distinción pastoral de Ministro Ordenado dentro del concilio que presidía.

Generosidad, sentido de pertenencia y amor

Entre las muchas virtudes que lo distinguieron, hubo tres que ocuparon un lugar central en su humanidad y en su ministerio: la generosidad, el sentido de pertenencia y el amor. Vivió cerca de sus ovejas, no desde la distancia del cargo, sino desde la proximidad del pastor verdadero. Solía decir que el “pastor tenía que oler a oveja”, y en esa frase estaba condensada toda una visión del ministerio como presencia, cuidado, compañía y entrega. También permanece en la memoria de muchos aquella expresión tan suya, “te bendigo más”, que terminó por convertirse en una huella afectiva sembrada en miles de corazones. Fue un hombre de gran ternura, pero también de claridad para exhortar, corregir y señalar el error cuando era necesario. Sabía amar sin debilidad y corregir sin crueldad. Animaba siempre a avanzar, a no detenerse, a no conformarse con una fe inmóvil.

Pastor Johan en los Estados Unidos
Pastor Johan en los Estados Unidos

Su sentido de pertenencia dejó una enseñanza que hoy sigue resonando con fuerza: el verdadero legado es Cristo. Nada está por encima de Él, nada puede sustituirlo. La vida del pastor Johan testimonió el amor inmenso que sentía por la Iglesia, por sus ovejas y por la misión que le fue encomendada. Fue, en el sentido más noble de la expresión, un padre espiritual que amó con alegría a sus hijos e hijas en la fe. No administró personas, las pastoreó. No ocupó un lugar, lo honró. No ejerció un ministerio como función, sino como vocación ardiente.

También enseñó al pensamiento bíblico de Barranquilla que la lealtad es indispensable para sostener la obra de Dios. Hizo entender que la integridad no consiste solamente en obrar rectamente, sino también en permanecer donde se ha sido llamado, comprendiendo que el llamado de Dios está íntimamente unido al lugar en el que Él dispone el servicio. Así lo predicó y así lo vivió a lo largo de más de cuarenta años de ejemplo y entrega. Su visión estuvo siempre orientada a llevar el Evangelio a todos, sin exclusión, recordando que esa es la gran responsabilidad del creyente y de la Iglesia.

Entre las enseñanzas que dejó a Barranquilla, al Atlántico y al país, una de las más firmes fue su defensa del lugar de la mujer en la Iglesia. La sostuvo con convicción doctrinal y con hechos concretos: reconoció, ordenó y respaldó a mujeres como pastoras, diaconisas, presidentas de ministerio y lideresas, convencido de que negarles ese lugar no solo era una injusticia, sino también una lectura empobrecida de las Sagradas Escrituras. Para él, Dios “no hace acepción de personas”, y por eso consideraba que toda marginación de la mujer dentro de la Iglesia contrariaba el espíritu del Evangelio.

Su postura no respondía a complacencias, sino a una lectura bíblica seria y espiritualmente honesta. Solía recordar ejemplos como Ester, María Magdalena, María la madre de Jesús, Priscila, Dámaris y tantas otras mujeres levantadas por Dios para cumplir propósitos decisivos en la historia sagrada. Y, con el tono jocoso que también lo caracterizaba, decía: “Pedro el Apóstol tenía suegra, la resucitó, se llamaba Dorcas”, enlazando con humor dos pasajes bíblicos para dejar una verdad clara: la mujer siempre ha ocupado un lugar visible en la Iglesia y en la historia del Evangelio (Mateo 8:14-15; Hechos 9:36-41).

Muchas de sus expresiones quedaron inscritas en la memoria de quienes lo oyeron y lo siguieron: “la expansión de la tienda”, “cruzar a la otra orilla”, “no le pidas permiso al dinero”, “la ley de la siembra y la cosecha”, “abrir las entendederas” y la necesidad de construir una “iglesia moderna, pero no mundana”. No fueron solo frases. Fueron orientaciones, principios, visiones de trabajo espiritual y ministerial que hoy forman parte de la memoria viva de la Iglesia en Barranquilla.

Fue un doctor en las Sagradas Escrituras, un predicador de sana doctrina y un hombre que colocó en el centro de su enseñanza una apologética de raíz paulina, aplicada a los desafíos del siglo presente. Para él, ganar almas para el Reino era una prioridad innegociable, pero nunca a cualquier precio. Insistía en que vivir en santidad no equivale a vivir en religiosidad, pero también advertía que sin santidad es imposible sostener una visión verdaderamente expandida, porque el Evangelio puede verse contaminado por alianzas ruinosas que terminan destruyendo el propósito de Dios. Su enseñanza sobre el liderazgo delegado apuntaba a que las iglesias y los ministros avanzaran hacia mayores niveles de expansión sin sacrificar la pureza espiritual. Esa era, para él, una línea roja que no podía traspasarse. Así lo predicó, así lo vivió y así dejó un testimonio de probidad pastoral en Barranquilla.

Pastor Johan en Radio Minuto 1520, Barranquilla
Pastor Johan en Radio Minuto 1520, Barranquilla

La visión expansiva y la perseverancia en la fe

El pastor Johan Farit fue primero un joven salmista y llegó con el tiempo a ser un profeta ordenado. Ese recorrido habla no solo del crecimiento de una vocación, sino del cumplimiento de una promesa durante años. Su vida enseñó que los sueños dados por Dios no son adornos, sino llamados a ser obedecidos, trabajados y conquistados. Su ejemplo formó una verdadera pedagogía de la expansión, fundada en la certeza de que no basta con recibir una palabra, sino que es preciso avanzar con fe hasta tomar posesión de aquello que Dios ha decretado.

Sembró muchas semillas, y hoy varias de ellas se han convertido en árboles con fruto propio. Quienes tuvieron el privilegio de conocerlo lo recuerdan como uno de los grandes impulsores de la visión de expansión entre pastores, líderes y ovejas. Enseñó a soñar, sí, pero también enseñó que el sueño de Dios exige obediencia, disciplina, valentía y determinación. Predicó y sembró una visión expansiva marcada por la firmeza del conquistador, convencido de que la obra de Dios no ha sido llamada al inmovilismo, sino al crecimiento, a la extensión y a la conquista espiritual.

Pastor Johan predicado junto a su madre, la Pastora Rosmelia Sinning
Pastor Johan predicado junto a su madre, la Pastora Rosmelia Sinning

Por eso sus enseñanzas permanecen como una herencia viva, vehemente y renovada, reconocible en sus discípulos, en sus ovejas, en sus hermanos en la fe, en los líderes que formó, en los ministerios que impulsó y en quienes fueron para él familia tanto en la sangre como en el espíritu. Barranquilla aprendió de él que soñar como José y conquistar como Josué no son realidades opuestas, sino momentos sucesivos de una misma fidelidad a Dios.

En la crisis se conocen los íntegros y los fieles

Una de las predicaciones más memorables del pastor fue la dedicada a la crisis del ministerio de Jesucristo, enseñanza que adquirió un significado todavía más profundo después de su partida. En ella mostró que la muerte del Señor no solo produjo dolor entre los suyos, sino también confusión, desconcierto, división, mentira y falso testimonio. Muchos de los que habían seguido de cerca al Maestro se apartaron, creyendo que con su muerte todo había terminado. Así enseñó que la crisis no solo revela la magnitud de la prueba, sino también la verdad del corazón humano.

Explicó igualmente que Roma y la cúpula del Templo, enemigos del Señor, pensaron haber apagado el ministerio de Cristo. Ignoraban, sin embargo, que la muerte del Salvador no representaba una derrota, sino el cumplimiento perfecto del propósito de Dios. Sin la muerte no habría habido resurrección, y sin la resurrección no habría venido luego el Espíritu Santo, cuya presencia trajo consigo la investidura apostólica y la continuidad poderosa de la obra de Cristo en sus enviados. Desde esa visión enseñó a leer la crisis no como cancelación del propósito divino, sino como antesala de una manifestación mayor de la gracia y del poder de Dios.

Esa palabra quedó sembrada, y cinco años después su significado se ha hecho aún más claro. En medio del dolor por su partida, muchos comprendieron que también por medio de esa enseñanza estaban siendo preparados para afrontar con madurez el tiempo de la ausencia, para resistir la desafección, la confusión y el desaliento que suelen aparecer cuando una comunidad es estremecida. A la luz de lo que enseñó, la fidelidad no consiste solamente en permanecer cuando todo parece estable, sino en mantenerse firmes cuando la prueba sacude, cuando el panorama se oscurece y cuando solo la fe permite seguir adelante.

El amigo, el esposo, el hijo, el maestro espiritual

Hablar del pastor únicamente desde sus logros ministeriales sería insuficiente. Su vida no puede comprenderse sin atender también a la calidad humana con la que habitó cada uno de sus vínculos más cercanos. Fue un hijo ejemplar, un esposo íntegro, un padre amoroso, un hermano entrañable, un amigo leal y un maestro espiritual excepcional. En cada una de esas dimensiones dejó una huella profunda, no solo por lo que decía desde el púlpito, sino por la forma concreta y cotidiana en que vivía. Su autoridad espiritual nunca estuvo separada de su humanidad. Al contrario, ambas se sostenían mutuamente.

Como hijo de la apóstol Rosmelia Sinning, con quien pastoreó durante más de veinticinco años en la entonces Iglesia El Buen Samaritano, la IBS, encarnó una relación marcada por el respeto, la honra y la continuidad del llamado. No compartió con ella solamente una responsabilidad pastoral, sino también una historia espiritual común que contribuyó decisivamente a la consolidación y expansión de esa iglesia. En esa relación materna y ministerial se formaron buena parte de su carácter, de su disciplina y de su visión. Supo ser hijo en el sentido más alto del término, no desde la pasividad, sino desde un acompasamiento activo y fecunda que dejó muchísimos frutos.

En su vida conyugal dejó también un testimonio honesto. Fue esposo de la médica y pastora Merly Arias, con quien compartió más de quince años de matrimonio, edificando una unión íntegra para el cuerpo de Cristo. En ella encontró no solo una compañera de vida, sino una aliada espiritual. Juntos iniciaron la edificación de un ministerio en la ciudad de Barranquilla, impulsando una visión que ha continuado como legado. Su matrimonio es recordado como una expresión de amor maduro, respeto, colaboración y compromiso con el señor. Como padre de Isaac y Sofía, dejó el recuerdo de un hombre protector, alegre, cercano y sabio, que entendió el hogar como un espacio sagrado, su “primera iglesia”, como le llamaba a su casa. Quienes lo conocieron en la intimidad de su hogar lo recuerdan como un padre protector, cercano, divertido, sabio en el consejo y dignificador de su familia y su esposa. No redujo la paternidad a la provisión ni a la autoridad. La vivió como presencia, cuidado, formación y amor constante.

Pastor Johan junto a su esposa, la Pastora Merly Arias
Pastor Johan junto a su esposa, la Pastora Merly Arias

También fue hermano de la pastora y profeta Nayith Rojas, pastora central del concilio Expansión Global Pastoral, con presencia en Barranquilla y Nueva York, y fundadora de la plataforma global “Dios Tiene Todo Bajo Control”. En ese vínculo fraterno, como en tantos otros, dejó la memoria de una relación fundada en el afecto, el respeto y la vocación compartida de servicio. Junto a ella copastoreó al lado de su madre durante todo su ministerio en vida. Fue también tío de los salmistas Nayeth Perea y Antonio de Castro, y dentro de las familias Rojas Sinning, De Castro Rojas, Rojas Arias, Hoyos Rojas, Rojas Duarte, Rojas Suárez, Perea Rojas, y a todas las familias de sangre y fe a la que estuvo ligado, permanece el recuerdo de un ser humano íntegro, benévolo y siempre dispuesto para los suyos. Lo evocan con cariño por su sentido del humor, por su amor entrañable al Junior de Barranquilla, por su capacidad de bromear aun en medio de jornadas exigentes y, sobre todo, por su incondicionalidad.

Pastor Johan junto a su hermana, la Pastora Nayith Rojas
Pastor Johan junto a su hermana, la Pastora Nayith Rojas

Fuera del ámbito familiar, su huella se prolongó en amistades profundas y relaciones espirituales que terminaron convirtiéndose en verdaderas fraternidades. Uno de sus escuderos, el pastor y evangelista Fredy Cantillo, de la Iglesia Expansión Global, lo recuerda como un maestro, un compadre espiritual y, sobre todo, un hermano de quien aprendió a lo largo de su recorrido ministerial en Barranquilla y en distintos lugares del país. Algunos pastores asociados como Brian Fuentes, Evelio Palacios, Georgina Manchego, Yohelis Escalante, entre otros, lo recuerdan también como un maestro amoroso, firme en la Palabra y recto en su manera de conducir.

En numerosos ministerios de Barranquilla y del país, su memoria permanece unida a la figura de un amigo genuino y de un pastor verdadero. Supo ser amigo sin perder la seriedad del llamado, y supo ser pastor sin enfriar la calidez del trato humano. Escuchaba, orientaba, corregía y animaba, pero también sabía reír, compartir y estrechar lazos sinceros. Tenía la rara virtud de inspirar respeto sin levantar barreras, y de ejercer liderazgo sin dejar de ser cercano. Por eso su ausencia no solo se siente en el plano institucional o ministerial, sino también en la intimidad de la vida cotidiana, allí donde su presencia era consuelo, fortaleza y dirección.

Pastor Johan junto a su escudero, el Evangelista, Fredy Cantillo
Pastor Johan junto a su escudero, el Evangelista, Fredy Cantillo

Memoria, legado y esperanza

Como iglesia, se comprende que la sucesión ministerial es una realidad bíblica. Está en la Palabra y forma parte del orden con el que Dios sostiene su obra a través del tiempo. Pero también se sabe, con la verdad íntima que habita en el corazón, que el pastor Johan Farit Rojas Sinning será siempre el hombre que fue conocido en vida: irrepetible en su persona y excepcional en su testimonio. Fue un pastor virtuoso, un esposo íntegro, un padre ejemplar, un líder sereno, prudente y formado en buenas costumbres. Vivió el Evangelio en lo cotidiano, con una coherencia que no necesitaba proclamarse porque se hacía visible en sus actos. Aun en su ejercicio profesional como abogado supo entender el derecho bajo la luz de una justicia superior, aquella que ama la rectitud y aborrece la iniquidad. Su testimonio más grande no estuvo solo en lo que predicó, compartió o profetizó, sino en la profunda unidad entre su palabra y su vida.

Pastor Johan Rojas, en compañía de amigos.
Pastor Johan Rojas, en compañía de amigos.

En los pasillos, en la oficina, en las construcciones, en los retiros, en los proyectos levantados paso a paso, ladrillo a ladrillo, y también en el interior de tantos corazones que lo conocieron, han quedado sus huellas, sus palabras y la memoria viva de su presencia. La historia verdadera nunca se escribe desde el vacío, sino desde una continuidad legítima. Así sucede en la Biblia, donde la promesa recorre un camino que va de Abraham a Jesucristo, y donde la vida de la Iglesia se despliega desde la comunidad primitiva hasta nuestros días sin perder su centro, que es Cristo. De igual modo, la auténtica historia ministerial y pastoral del pastor Johan Farit permanece unida para siempre a Cristo, a sus amigos, a sus ovejas, a sus familiares y a todos aquellos que fueron tocados por su ejemplo.

El pastor Johan Farit no será jamás una sombra en la historia. Su recuerdo permanece como una luz que no se extingue porque está guardada en Cristo. Hoy la fe permite afirmar que vive la plenitud de aquello que anunció desde la tierra, que contempla cara a cara al Señor con quien caminó durante su vida y que sabe, en la verdad eterna de Dios, que sus años dedicados al Evangelio no fueron en vano. Y en esa esperanza muchos se atreven a imaginar que, en la gloria, su voz conserva la misma ternura pastoral con la que tantas veces habló, como si todavía pudiera decir: “hijo, hija, valió la pena caminar con Cristo”. Está la palabra profética más segura, y por ella se sabe que habrá reencuentro, y que en la presencia del Señor habrá plenitud de gozo.

Por eso, sus amigos, sus familiares, sus ovejas y los ministerios que fueron impactados por su vida se reconocen hoy como depositarios de su memoria. Honrarán su legado no por una nostalgia vacía, sino porque su vida ya fue honrada por Cristo en la eternidad. Distintas iglesias y concilios de Barranquilla han abierto espacios físicos, sedes, becas de formación para el liderazgo ministerial y otras acciones que llevan su nombre. Todo ello expresa la voluntad de mantener viva la memoria de un siervo de Dios, digno de ser recordado con gratitud, reverencia y amor. Si el mundo tiene sus referentes, con mayor razón el pueblo de Dios debe saber reconocer y preservar la memoria de aquellos hombres y mujeres cuya vida dejó una huella verdadera en la obra del Señor.

A esta memoria se unen hoy cientos de pastores y pastoras en Barranquilla y en distintos lugares del mundo, así como amigos y familiares que continúan rodeando con afecto la memoria del pastor Johan. De manera especial, se une también la comunidad cristiana evangélica del Atlántico, que recuerda en él a un siervo visible, fiel y entregado, cuya vida tocó a innumerables personas con el mensaje de la esperanza en Cristo. Su legado permanece y su memoria perdura, tanto como aquella expresión entrañable que dejó sembrada en el alma de tantos y que no dejará de resonar ni siquiera en la eternidad: “Te bendigo más”.

A la memoria y a la vida ministerial del profeta Johan Farit Rojas Sinning, que hoy camina con Cristo y descansa en la paz del Padre Eterno.

Barranquilla, Colombia, sábado 4 de abril de 2026

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