A principios de diciembre de 2025 tuve la oportunidad de visitar el Centro de Rehabilitación Femenino El Buen Pastor, en Barranquilla. La invitación vino de mi amigo Giuseppe Creazzo, quien lleva más de 25 años trabajando con personas privadas de la libertad y sus familias en Colombia y en diferentes lugares del mundo.
—Acompáñame al Buen Pastor a llevar Biblias y unos detalles para mis niñas —me dijo.
No esperamos mucho tiempo en la recepción, pero llegar a los patios fue otra historia. Las guardias, mujeres de aspecto fuerte, pero amables en su trato, recibieron nuestros documentos y verificaron los permisos de ingreso.
Justo antes de cruzar el umbral que separaba la recepción de los patios, salió de la oficina de la dirección una mujer alta, de tez clara y cabello liso. Llevaba unos lentes que enmarcaban su rostro, un jean azul, una blusa blanca y zapatos tenis. Caminaba con naturalidad por aquel lugar que, para muchos, representa encierro y castigo, pero que para ella era su espacio cotidiano de trabajo.
—¡Dra.! —exclamó Giuseppe con sorpresa—. Aquí estamos de nuevo, visitando a las muchachas.
Era la directora del penal, la doctora Ofelia Díaz Pedroza.
—No se demoren mucho, porque ya van a almorzar —nos advirtió.
Seguimos nuestro camino hacia los patios, llevando las Biblias y aquellos pequeños detalles que Giuseppe había adquirido para sus “niñas”.
—Buenos días. Dios las bendiga —saludó Giuseppe.
—Amén —respondieron casi al unísono.
La mayoría habían sido sacada previamente de sus celdas para recibir a la visita. Algunas permanecían de pie, recostadas contra un muro alto y pintado de blanco La sombra de un frondoso árbol de mango nos cobijaba del sol. Otras permanecían en el interior de las celdas y, con las manos apoyadas sobre las rejas, nos observaban en silencio.
A diferencia de otros centros penitenciarios que había visitado, allí se respiraba una extraña sensación de paz. Era difícil de explicar al principio. Detrás de aquellos muros y rejas había algo diferente: una manera distinta de entender el encierro, donde la resocialización, la fe y la esperanza parecían abrirse paso entre las historias de quienes cumplían allí su condena. Con el tiempo comprendería que aquella atmósfera no era producto del azar, sino también del trabajo de quienes habían decidido que el Buen Pastor podía ser mucho más que un lugar para cumplir una pena: podía ser un espacio para recuperar la esperanza y comenzar de nuevo.
Liderazgo, fe y esperanza
Durante doce años, Ofelia Díaz Pedroza ha estado al frente del Centro de Rehabilitación Femenino El Buen Pastor de Barranquilla. En este tiempo, el establecimiento ha mantenido una estabilidad que, según quienes conocen de cerca su funcionamiento, se refleja también en los procesos de resocialización y en el acompañamiento integral de las mujeres privadas de la libertad.
Pero detrás de la directora que administra un centro penitenciario hay una mujer que habla de su trabajo desde la fe.
Su encuentro con Dios, cuenta, comenzó en la adolescencia. Fue su madre quien la llevó a la iglesia y sembró en ella los primeros principios de la fe cristiana. Con los años, esa relación se fortaleció a través de la oración, la lectura de la Biblia y un grupo familiar que mantiene activo diariamente.
Hoy, cuando mira hacia atrás, está convencida de que su llegada y permanencia en el sistema penitenciario hacen parte del propósito que Dios trazó para su vida.
Hay momentos, sin embargo, que ponen a prueba esa convicción.
Uno de ellos es acompañar a las mujeres cuando reciben noticias dolorosas o cuando deben enfrentar la separación de sus hijos. Privadas de la libertad han dado a luz dentro del centro y el ICBF debe hacerse cargo de ellos. En esas circunstancias, Ofelia reconoce que también necesita fortaleza.
Dice que es entonces cuando encuentra en Dios las palabras para acompañarlas, consolarlas y recordarles que, aun en medio de una condena, la vida no termina detrás de los muros.
Para ella, resocializar no significa únicamente que una mujer cumpla el tiempo establecido por la justicia. Significa ayudarla a descubrir capacidades que quizá permanecían ocultas, cambiar hábitos y, sobre todo, volver a imaginar un proyecto de vida.

Formación para volver a empezar
Esa visión se refleja en las actividades que se desarrollan dentro de El Buen Pastor. Bajo su dirección, las internas tienen acceso a programas de formación académica, emprendimiento, capacitación laboral y acompañamiento espiritual.
Bisutería, modistería, marroquinería y peluquería son algunas de las actividades que hacen parte de ese proceso. También hay espacios educativos y artísticos.
Pero hay algo que para Ofelia no puede quedar por fuera: la formación espiritual.
Junto con diferentes iglesias y ministerios, el establecimiento realiza vigilias de oración el último viernes de cada mes. Son jornadas que, según explica, han tenido una buena acogida entre las internas y se han convertido en espacios para fortalecer su vida espiritual. En esas noches, la directora no se limita a coordinar desde una oficina.
—No se trata de organizar una vigilia y quedarse en casa; yo debo estar allí, al frente, acompañando y dirigiendo —afirma.
Su manera de entender el liderazgo pasa precisamente por estar presente. Para ella, servir también significa dar ejemplo.

“Miramos al ser humano”
Ofelia sostiene que el proceso de resocialización comienza desde el mismo momento en que una mujer cruza por primera vez las puertas del establecimiento.
—Nosotros les hacemos entender que, aunque hayan cometido errores, siguen siendo personas valiosas y tienen una nueva oportunidad para cambiar su historia —explica.
No habla de delitos. Habla de personas.
—Nosotros no miramos delitos, miramos a los seres humanos. Nuestra misión es prepararlas para que, cuando recuperen la libertad, puedan enfrentarse a la vida con herramientas diferentes —afirma.
Esas herramientas se construyen a través de la capacitación en diferentes áreas productivas, pero también mediante procesos de formación humana y espiritual que buscan fortalecer los valores y el proyecto de vida de cada interna.
La directora considera que uno de los mayores logros de la institución es el bajo índice de reincidencia.
—Cuando una mujer sale de aquí con una visión distinta de la vida y decide no regresar al delito, sentimos que el esfuerzo ha valido la pena —señala.
La meta, explica, es que cada mujer pueda descubrir que todavía tiene algo que aportar a su familia y a la sociedad.
Huertas verticales
Como parte de su compromiso con la transformación y la resocialización de las personas privadas de la libertad, la directora destacó un nuevo proyecto productivo que beneficiará a internos de la cárcel de mujeres El Buen Pastor y de la Cárcel Distrital El Bosque. La iniciativa contempla la implementación de huertas verticales, donde los reclusos cultivarán hortalizas y otros productos agrícolas.
Según explicó la directora, estos cultivos abastecerán el restaurante que comenzará a construirse junto a la Cárcel Modelo de Barranquilla, convirtiéndose en una oportunidad para que los internos adquieran conocimientos en agricultura urbana, fortalezcan hábitos de trabajo y contribuyan a su proceso de reintegración social.
Y vuelve a aparecer la fe.
—Todo lo que hacemos está respaldado por la fe. Creemos que Dios puede cambiar corazones y restaurar vidas —manifiesta.
Para la Doctora Ofelia, lo alcanzado en El Buen Pastor es resultado del trabajo de un equipo. Pero también habla de una dirección que, según su convicción, viene de Dios.
Quizás por eso, aquella sensación de paz que percibí al entrar al patio comienza a tener una explicación.
Detrás de los muros, de las rejas y de las historias de mujeres que cumplen una condena, hay un esfuerzo diario por recordarles que un error no tiene por qué definir toda una vida.
Hay capacitación, oración, disciplina, acompañamiento y oportunidades.
Y, sobre todo, una palabra que parece repetirse como un hilo invisible en medio de aquel lugar: esperanza.
Pienso entonces en las Biblias que llevábamos aquella mañana de diciembre y en las palabras de Giuseppe cuando las llamó, con familiaridad y afecto, “mis niñas”.
—Buenos días. Dios las bendiga —había saludado al entrar.
—Amén —respondieron casi al unísono.
Quizás ese “Amén” fue mucho más que una respuesta a un saludo. Fue la expresión de una esperanza que, aun detrás de las rejas, se niega a morir.
Y mientras salíamos del patio, comprendí que en El Buen Pastor no solo habíamos llevado Biblias y unos pequeños detalles. También habíamos entrado en un lugar donde muchas mujeres intentan escribir una nueva página de sus vidas, acompañadas por personas que creen que la libertad puede comenzar mucho antes de que se abra una puerta.

Esta crónica está basada en la entrevista realizada a la Dra. Ofelia Díaz Pedroza para la sección “El Personaje” del noticiero La Alianza Informativa, de La Voz de la Patria Celestial.
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Excelente persona, profesional, muy humana; pero sobretodo temerosa de Dios.
Buen reportaje