En los últimos días, Barranquilla ha sido escenario de dos hechos dolorosos que nos requieren como sociedad. Por un lado, las adolescentes Emily Sophia Borrero Tapias y María De los Ángeles Sánchez Garrido, de 14 y 13 años, fueron reportadas como desaparecidas, pero finalmente halladas en Cartagena tras salir sin permiso de sus padres y acompañar a un grupo de jóvenes en fiestas.
Por otro lado, el caso trágico de las hermanas Sheridan Sofía y Keyla Nicol Hernández Noriega, de 14 y 17 años, halladas sin vida en Malambo, ha estremecido a toda la comunidad.
Estos sucesos nos llaman a reflexionar sobre la descomposición social que estamos viviendo y la necesidad urgente de unirnos como padres, instituciones gubernamentales y educativas, iglesia y sociedad en general para proteger a nuestros jóvenes. La Palabra de Dios nos recuerda: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).
Un patrón que se repite
La raíz de muchos de estos males está en la falta del temor de Dios en los corazones humanos. Cuando se pierde la reverencia por el Creador y su Palabra, se debilitan los valores, se normaliza la violencia y se abre paso a la indiferencia frente al dolor ajeno. El temor de Dios es el principio de la sabiduría (Proverbios 9:10), y sin él, la sociedad se desorienta y se hunde en la oscuridad.
Giuseppe Creazzo, presidente de la Fundación Arcángel, que lleva más de 30 años sirviendo en las cárceles, acompañando a los privados de la libertad y a sus familias, manifestó que esta situación refleja una sociedad carente de valores, donde la descomposición se evidencia profundamente en los centros penitenciarios. Señaló que en muchos casos se encuentran familias enteras privadas de la libertad: el padre detenido, la madre también recluida y el hijo mayor siguiendo el mismo camino, un patrón que se repite de generación en generación.
Además, advirtió que los centros penitenciarios en Colombia no ofrecen verdaderas alternativas de reinserción, capacitación ni estudios para los jóvenes, lo que perpetúa el ciclo de exclusión y delincuencia. Según Creazzo, sin oportunidades reales y sin un acompañamiento integral, difícilmente se logra romper con la cadena de violencia y desesperanza que afecta a tantas familias.
El llamado
Hoy no se trata de juzgar, sino de acompañar, orientar y sembrar valores que fortalezcan su vida. También debemos recordar que quienes hoy aparecen como victimarios, en muchos casos, son también víctimas de un entorno marcado por la falta de oportunidades, la violencia y la indiferencia.
La iglesia está llamada a ser luz en medio de la oscuridad y a cumplir el mandato de Cristo de ir en busca de las ovejas. No podemos quedarnos encerrados en grandes templos, algunos adornados con lujos excesivos, mientras afuera miles de jóvenes y familias claman por orientación, esperanza y amor. El Evangelio nos recuerda que el Buen Pastor deja las noventa y nueve para buscar a la que se ha perdido (Lucas 15:4). Hoy más que nunca, la iglesia debe salir de sus muros, caminar las calles, entrar en los hogares y abrazar a quienes necesitan ser alcanzados por la gracia de Dios, porque allí está la verdadera misión: rescatar, acompañar y sanar a los hijos e hijas de nuestra sociedad.
Es tiempo de levantar la voz con esperanza y compromiso, de volver a la enseñanza del Evangelio. Que estos hechos nos impulsen a trabajar juntos por una sociedad que cuide, ame y rescate a sus jóvenes.
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