En una conversación cargada de emoción, memoria y gratitud, el pastor Luis Alberto Guerra García abrió las puertas de su testimonio durante una entrevista concedida al noticiero La Alianza Informativa, en su sección El Personaje. Allí, lejos de los discursos elaborados y de las apariencias religiosas, habló con la sinceridad de quien conoce el dolor humano y ha visto de cerca el poder restaurador de Dios. Su historia no comenzó en un púlpito ni entre alabanzas, sino en medio de la oscuridad, el resentimiento y una cárcel que terminó convirtiéndose en el escenario de su encuentro con Cristo.
“Habla muy poco de su testimonio; prefiere aferrarse a la palabra que dice: ‘las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, me advirtió su esposa al momento de coordinar la entrevista de su esposo.
Abogado de profesión, Guerra recordó que en los años noventa llevaba una vida marcada por el alcohol, las malas compañías y un carácter impulsivo. Aunque ejercía el Derecho, reconoce que terminó relacionándose con ambientes que fueron alejándolo de la tranquilidad y de los principios correctos. “No conocía a Dios”, confesó durante la entrevista. Aquella etapa de su vida estuvo rodeada de violencia y decisiones equivocadas que desembocaron en una tragedia que aún lamenta profundamente.
La prisión
El episodio que cambió el rumbo de su existencia ocurrió en 1992, cuando intervino armado en una riña para defender a un amigo cercano. En medio del caos y dominado por la ira, atentó contra la vida de una persona. El hecho lo condujo a prisión y lo enfrentó cara a cara con la fragilidad humana. Tras las rejas comenzó a vivir no solo una condena judicial, sino también una batalla espiritual marcada por el odio, la frustración y los deseos de venganza.
Relató que la prisión lo llenó de amargura. Recordó cómo las promesas incumplidas de familiares y conocidos fueron alimentando sentimientos oscuros. Incluso confesó que al salir tenía una lista de personas contra quienes deseaba tomar represalias. “El diablo quería llevarme a una vida de sangre”, expresó con voz serena, pero consciente de lo que pudo haber ocurrido. No obstante, el destino de su vida cambiaría radicalmente.
Fue allí, en el encierro, donde recibió por primera vez un Nuevo Testamento. Otro abogado se lo entregó junto con una recomendación: hacer un pacto con Dios basado en el Salmo 142:7: “Saca mi alma de la cárcel para que alabe tu nombre”. En ese momento, Luis Alberto pensó únicamente en salir de la prisión física, sin comprender que la verdadera cárcel estaba en su interior. Sin embargo, comenzó a repetir aquella palabra una y otra vez, aferrándose a la esperanza mientras la dureza de su corazón empezaba a quebrarse lentamente.
El refugio Divino
Aferrado a este Salmo 142:7, comenzó a clamar a Dios cada día desde su celda: “Saca mi alma de la cárcel para que alabe tu nombre”. Asegura que el Señor comenzó a obrar de manera sobrenatural en su proceso judicial. La condena que pesaba sobre él fue reduciéndose paulatinamente hasta obtener su salida en libertad antes de cumplir totalmente la pena establecida. Para Guerra, aquello no fue casualidad ni simple resultado de trámites legales, sino una manifestación del propósito divino que Dios tenía reservado para su vida. “Dios permitió todo eso para traerme a su camino”, expresó, convencido de que el Señor lo sacó de la prisión porque aún tenía una misión que cumplir: rescatar vidas, restaurar familias y predicar esperanza en medio de los sectores más golpeados de Barranquilla.
En libertad visitó a su hermano en un hogar de rehabilitación cristiano en el municipio de Santo Tomás, Atlántico, recluido por temas de adicción al alcohol y las drogas.
En aquel lugar, llamado Refugio Divino, experimentó —según sus palabras— un encuentro real con la presencia de Dios. Allí lloró, se quebrantó y sintió cómo desaparecían el odio y el resentimiento que lo habían consumido durante años. Desde entonces comenzó una nueva vida. “Dios cambió ese corazón de piedra”, relató emocionado. Lo que antes era sed de venganza se transformó en abrazos y reconciliación con personas a quienes había querido hacer daño.
Fuente de Vida
Con el paso de los años, Luis Alberto Guerra García entendió que su paso por la cárcel había sido parte de una preparación espiritual. Hoy lidera junto a su esposa, la pastora y salmista Adriana Acosta, la Iglesia Fuente de Vida, ubicada en el sector de Rebolo, una de las zonas históricamente más difíciles y peligrosas de Barranquilla. Allí, entre calles golpeadas por la pobreza, la violencia, la desesperanza y la estigmatización, el ministerio se ha convertido en refugio para jóvenes, familias y personas atrapadas en la delincuencia o las adicciones.
Lejos de intimidarse por el entorno, el pastor considera que ese lugar es “buena tierra” para Dios. En medio de un barrio estigmatizado, asegura haber visto milagros de restauración, liberación espiritual y transformación de vidas. La iglesia trabaja diariamente con familias vulnerables y sostiene jornadas de oración desde las cinco de la mañana con un grupo llamado “El Escuadrón del Dios Viviente”, conformado por hombres y mujeres que interceden por el sector y por las personas que llegan buscando una nueva oportunidad. “Nos gozamos con el Señor sirviéndole en este sector”. Dice.

Jesús visita las cárceles
La historia ministerial de Guerra también estuvo marcada por la radio cristiana espacio donde conoció a quien sería su esposa. Durante años participó en programas radiales enfocados en testimonios de restauración, especialmente dirigidos a personas privadas de la libertad en , presentó junto con el pastor Rodrigo Arenas el programa Jesús visita las cárceles. Fue en una entrevista a la cantante Adriana Acosta donde nació la conexión que luego se convertiría en matrimonio y ministerio compartido. Hoy ambos sirven juntos, acompañados también por su hija María Alejandra, quien ha seguido el camino de la fe y el servicio cristiano.
Más de tres décadas después de aquel oscuro episodio que lo llevó a prisión, el pastor Luis Alberto Guerra García se ha convertido en un símbolo de restauración espiritual en Barranquilla. Su historia, contada en El Personaje de La Alianza Informativa, no es solamente el relato de un hombre rescatado del abismo, sino también el testimonio vivo de cómo la fe puede transformar incluso los escenarios más dolorosos. Entre calles difíciles, madrugadas de oración y vidas restauradas, el pastor sigue predicando que ninguna cárcel —ni física ni espiritual— es demasiado fuerte para el poder de Dios.

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