A las cuatro y treinta de la tarde, cuando el sol comienza a ceder en el centro de Barranquilla, un pequeño grupo de personas se reúne en el Parque del Cementerio Universal. No hay bancas elegantes ni templos de paredes altas. Solo el poco césped, el bordillo y la sombra generosa de un frondoso árbol de roble que cobija realidades disimiles y corazones en búsqueda de amor, de un abrazo o un pedazo de pan. Allí, como la iglesia primitiva, lejos de los reflectores y del confort de los templos climatizados, el pastor Manuel Pertuz levanta su voz para compartir algo más que palabras: lleva esperanza.
Su historia no comenzó en un púlpito, sino en los escenarios de la música vallenata. Durante 28 años, su vida transcurrió entre noches de fiesta, aplausos y tentaciones. “Era un hombre común y corriente, joven, vallenatero, cantante por 28 años en Bogotá”, recuerda en entrevista para la Alianza Informativa. En ese mundo, el licor abundaba y los riesgos eran parte del oficio. “Estuve como tres veces en peligro de muerte… ahora entiendo que Dios lo libraba a uno porque tiene un propósito”, cuenta con serenidad.
El llamado al árbol de la esperanza
Fue un versículo bíblico, escuchado en medio de un momento de crisis, el que marcó el punto de inflexión en su vida, llevándolo a dejar atrás ese camino: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. …” 1 Corintios 6:9-10.
Después de muchos años en el frío de la capital y tras haber estado adscrito a la Policía Nacional de Colombia en el área administrativa, por recomendación médica debido a problemas de tensión alta, se trasladó junto a su esposa a Barranquilla, específicamente al municipio de Soledad, hace nueve años.”
Hoy, su misión se escribe en las calles. Hace seis años decidió predicar donde pocos quieren ir: entre habitantes de calle, ancianos abandonados, trabajadoras sexuales y personas invisibles para la sociedad. “Es muy rico predicar con aire acondicionado… pero cuando Dios le da una misión a un hombre, como esta, hay que asumirla”, dicen quienes lo acompañan. Con su esposa Daisy —a quien describe como una mujer virtuosa— y un pequeño grupo de colaboradores, no solo llevan la palabra, sino también alimento: sándwiches, jugo y, sobre todo, dignidad.
La escena es sencilla pero poderosa. No hay diezmos ni ofrendas, porque, como él mismo dice, “no hay quien dé”. Solo hay servicio. Algunos llegan por hambre, otros por curiosidad, y muchos se quedan por algo más profundo. Entre ellos hay historias de restauración: hombres que dejaron el alcohol, que recuperaron su familia, que hoy trabajan y vuelven a abrazar la vida.

“No hay satisfacción más grande que ver a alguien restaurado”, afirma.
En ese rincón de la ciudad, donde el ruido del mundo parece desvanecerse, se levanta una iglesia distinta: sin paredes, solo un pequeño aviso, rustico clavado en el árbol de roble le da la bienvenida a la fe: Iglesia Jesús en el parque, servicios viernes 4:30 p.m. Esta iglesia nos recuerda a la primitiva, donde la palabra se sembraba al aire libre y el amor se demostraba con hechos. Y mientras cae la tarde, bajo ese árbol de la esperanza, queda claro que la verdadera transformación no necesita lujos… solo corazones dispuestos.
Esta obra se sostiene gracias a la misericordia de Dios y al apoyo de algunos hermanos, que han tenido la oportunidad de conocerla y contribuyen generosamente según sus posibilidades. Gracias a esos aportes, ha sido posible cubrir los gastos de las meriendas. Si por alguna circunstancia quieres unirte a esta noble causa contacta al WhatsApp 3133502455

Escrito por: Javier Ahumada Bolívar
Puedes leer:


Sé el primero en comentar