Colombia amaneció este lunes marcada por el dolor, después de que un fuerte terremoto de magnitud 7.4 sacudiera al país, dejando cientos de víctimas mortales, familias heridas y comunidades enteras enfrentando la pérdida de sus hogares. En medio de la tragedia, la Palabra de Dios se convierte en refugio para quienes hoy buscan consuelo y esperanza.
La Escritura nos recuerda una promesa poderosa para tiempos de crisis nacional: «Y si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14, RVR60). Como pueblo creyente, hoy es momento de humillarnos ante Dios, de orar con fervor por Colombia y de confiar en que Él escucha desde el cielo el clamor de una nación herida. La promesa continúa: «Ahora estarán abiertos mis ojos, y atentos mis oídos, a la oración en este lugar» (2 Crónicas 7:15, RVR60) — Dios no está lejos de nuestro dolor; está atento a cada oración que se eleva por las víctimas, los rescatistas y las familias afectadas.
Unidos en oración
En medio de la incertidumbre que deja un desastre natural, el Salmo 46 nos ofrece una de las declaraciones de fortaleza más profundas de toda la Escritura: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar» (Salmos 46:1-2, RVR60). Incluso cuando la tierra misma tiembla —como literalmente ocurrió esta semana— Dios permanece como refugio seguro para su pueblo. El salmista añade: «Aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza» (Salmos 46:3, RVR60), recordándonos que ni el temblor más fuerte puede sacudir la fidelidad de Dios hacia los suyos.
Hoy invitamos a toda la comunidad de fe a unirse en oración por Colombia: por cada vida perdida, por los heridos que luchan en los hospitales, por los equipos de rescate que trabajan sin descanso, y por cada familia que hoy comienza el difícil proceso de reconstruir lo que el terremoto derribó. Que la solidaridad, la fe y la esperanza sean la respuesta de un pueblo que, aunque sacudido, no está destruido.
Puedes leer:


Sé el primero en comentar