A principios de este año conocí a la hermana María en un lugar poco común para un primer encuentro: la entrada de la cárcel El Buen Pastor de Barranquilla. Aquella mañana estaba acompañada por tres voluntarias que, con una sencillez admirable, cargaban una caja llena de Nuevos Testamentos que distribuyen los Gedeones Internacionales en hospitales, hoteles, centros educativos y establecimientos carcelarios alrededor del mundo.
Lo primero que llamó mi atención no fue la actividad que realizaban, sino la paciencia y la pasión con la que servían. Mientras esperaban el ingreso al centro penitenciario, pude notar en ellas una convicción profunda: la de llevar la Palabra de Dios a personas que, en muchos casos, han sido olvidadas por la sociedad. No había prisa, ni cansancio, ni señales de obligación; había amor genuino por las almas y un deseo sincero de compartir un mensaje de esperanza.
Con el paso de los minutos comprendí que no se trataba de una visita ocasional. Detrás de aquella labor silenciosa existía una historia de fe, perseverancia y servicio.
La entrevista
Me presenté ante ellas en calidad de periodista y aproveché la oportunidad para intercambiar contactos con la hermana María Alcaraz. Mientras observaba aquella labor silenciosa, pero profundamente significativa, quedó sembrada en mí la idea de realizar una nota para La Alianza Informativa, el noticiero que emitimos a través de La Voz de la Patria Celestial. Sentía que detrás de aquella visita a la cárcel había una historia que merecía ser contada.
Sin embargo, como suele ocurrir con muchos proyectos, el tiempo lo determina Dios. Pasaron cerca de seis meses desde aquel primer encuentro en la entrada de El Buen Pastor. La imagen de aquellas mujeres cargando Biblias y compartiendo esperanza nunca desapareció de mi memoria. Por el contrario, cada vez cobraba más fuerza la necesidad de conocer quiénes eran, qué los motivaba y cómo había nacido ese compromiso con quienes atraviesan momentos difíciles de la vida.
Finalmente llegó el día de la entrevista. Frente a nuestros micrófonos estuvieron la hermana María Alcaraz y su esposo, el hermano Bladimir Polo, una pareja unida no solo por el matrimonio, sino también por una profunda vocación de servicio cristiano. Durante la conversación compartieron episodios de su vida, la manera como Dios los encontró en distintos momentos de sus caminos y cómo juntos han dedicado años a llevar un mensaje de fe, restauración y esperanza a quienes más lo necesitan.
Testimonios
María, docente de profesión, recuerda que su acercamiento al Señor ocurrió en medio de circunstancias que la llevaron a buscar respuestas más profundas para su vida. Fue en ese caminar de fe donde conoció a Bladimir, un hombre cuya historia personal parecía sacada de una novela marcada por la tragedia y la redención. Lo que comenzó como una amistad basada en el servicio cristiano terminó convirtiéndose en un proyecto de vida compartido, con un propósito que ambos consideran dado por Dios.
Los dos llegaron a ese encuentro con equipajes distintos. Él era padre de dos hijos; ella, madre de una niña. Ninguno imaginaba que Dios estaba preparando una historia que los uniría para siempre. Hace diez años sellaron su compromiso matrimonial y desde entonces han construido un hogar consagrado al Señor, donde la oración, el servicio y la evangelización forman parte de la vida cotidiana. Juntos se han convertido en instrumentos de esperanza para cientos de personas dentro y fuera de las cárceles.

Intentos de suicidios
El testimonio de Bladimir impacta por la crudeza de los momentos que enfrentó antes de conocer a Cristo. Fue agente de la Policía Nacional por 23 años. Aún está vinculado en la institución, ahora en la parte jurídica, gracias a su profesión como abogado.
Durante años cargó heridas emocionales tan profundas que intentó quitarse la vida en tres ocasiones. Los planeaba con lujo de detalles, pero algo impedía la fatal decisión. La desesperanza y el vacío parecían haberle ganado la batalla. Sin embargo, cuando todo indicaba que su historia terminaría en derrota, encontró en Jesús una nueva oportunidad para vivir.
Fue en una oficina, mientras escuchaba a una persona compartir el mensaje de Dios con su jefa, cuando una frase captó toda su atención: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’. Aquellas palabras atravesaron las barreras que había levantado en su corazón y llegaron hasta lo más profundo de su ser. Agobiado por el peso de sus problemas y sintiendo que había llegado al límite de sus fuerzas, elevó una sencilla pero sincera oración: ‘Si realmente existes, ayúdame, porque ya no puedo más’. Ese momento marcó un antes y un después en su vida.
Quizás por eso su ministerio tiene un enfoque tan particular. Cuando Bladimir entra a una cárcel, a un hospital o conversa con alguien que atraviesa una crisis emocional, no lo hace desde la teoría. Habla desde la experiencia. Conoce el lenguaje del sufrimiento porque alguna vez lo vivió. «El Señor permite que uno pase por circunstancias difíciles para después poder ayudar a otros», comentó durante nuestra conversación. Esa convicción se ha convertido en una de las bases de su servicio cristiano.

La experiencia
Recordando una de sus primeras experiencias en el ministerio carcelario, reconoce que llegó con ideas preconcebidas sobre quienes encontraría allí. Una cosa es visitar a las cárceles cuando es policia y otra bien distinta como mensajero de Dios. La cárcel se convierte en campo misionero.
«Uno piensa que va a encontrar personas agresivas y difíciles, pero encuentra hombres que cometieron errores y que están siendo transformados por Dios desde adentro», relata.
Su experiencia le ha permitido ver cómo muchos internos encuentran una nueva oportunidad cuando conocen a Cristo.
Actualmente, María y Bladimir llevan más de una década visitando personas privadas de la libertad, enfermos hospitalizados, jóvenes en crisis y familias golpeadas por las circunstancias, además desarrollan actividades evangelísticas en distintos escenarios. Su misión es sencilla pero poderosa: llevar el mensaje de esperanza a quienes sienten que ya no la tienen, recordándoles que ninguna vida está demasiado rota para que Dios no pueda restaurarla.
Son los coordinadores departamentales, tanto de los Gedeones Internacionales en el departamento de Atlántico, como también de las auxiliares, que son las que acompañan a los Gedeones en su misión.
Llamado a servir
Al finalizar la entrevista, Bladimir dejó una reflexión para quienes asisten a una iglesia, pero aún no han dado el paso de servir.
Recordó las palabras de Jesús sobre alimentar al hambriento, visitar al enfermo y acompañar al que está en prisión.
«¿Cómo escucharán si no hay quien les predique? Ese es el llamado de todo creyente: llevar el mensaje de salvación a quienes aún no conocen al Señor».
La historia de Bladimir y María son una muestra de que Dios puede transformar el dolor en propósito y convertir las heridas del pasado en herramientas para bendecir a otros.
Su ministerio se desarrolla en silencio, lejos de los reflectores, pero cerca de quienes más necesitan una palabra de aliento.

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