Mi vida siempre ha girado en torno al aprendizaje. Soy vallenato, guajiro y barranquillero, nacido en Fundación, y desde muy joven entendí que el conocimiento nunca se agota: entre más entro en él, más me doy cuenta de cuánto me falta por descubrir. Estudié ingeniería industrial, luego derecho, después hice posgrados en gobierno, asuntos públicos, gerencia pública y derecho humano, y finalmente me formé en psicología bíblica y teología a nivel doctoral. Ese hambre constante de aprender me llevó a algo que hoy considero la esencia de mi ministerio: enseñar, trasladar el conocimiento bíblico a un lenguaje que la ciencia pueda comprender y aceptar como un hecho real.
De esa búsqueda nació la Teoría del Desarrollo Integral del ser Humano, que desarrollé a partir de Génesis 1 y 2. Ahí entendí que no somos seres compartimentales, sino que necesitamos desarrollarnos en todas nuestras dimensiones. Y en medio de ese proceso descubrí que todos esos principios podían resumirse en un solo concepto: la inteligencia espiritual.
Inteligencia espiritual frente a inteligencia artificial
Hoy se habla mucho de inteligencia artificial, de un conocimiento capaz de acceder a toda la información que existe en la red. Pero la inteligencia espiritual es otra cosa: es la capacidad de bajar del cielo el conocimiento que Dios ya dejó escrito, y traducirlo a la ciencia con la que convivimos todos los días. Cuando converso con la inteligencia artificial sobre estos temas, ella misma se sorprende y me dice que hay pocas bases para ampliar la información, porque estoy entrando en un terreno donde convierto expresiones bíblicas en saberes científicos que ya existían, pero que nadie había desglosado de esa manera.
Un ejemplo que me encanta usar en la asesoría de pareja: la Biblia le manda al hombre amar a la mujer, no comprenderla, porque nuestra naturaleza es distinta a la suya; y a la mujer le pide respetar al hombre, no necesariamente amarlo primero. Científicamente, cuando una mujer respeta a su esposo, en él se eleva la oxitocina y baja el cortisol; cuando el hombre ama sin exigir comprensión, en ella ocurre lo mismo. Dios ya nos había mostrado, miles de años atrás, cómo funcionamos mejor.
El nombre de Dios inscrito en nuestro ADN
Otro hallazgo que me apasiona: en la separación proteínica del ADN existen espacios con cuatro medidas específicas que, al transformarse al lenguaje hebreo, forman la palabra Yahweh. Ese nombre no tenía vocales, era impronunciable, un sonido gutural similar al de la propia respiración. Esto significa que cada vez que respiramos estamos, de alguna manera, pronunciando el nombre de Dios. Por eso nuestras células escuchan lo que pensamos: si decimos que estamos enfermos, caminamos hacia la enfermedad; si declaramos prosperidad, caminamos hacia ella. La Biblia lo dijo de mil formas distintas, y hoy la ciencia apenas empieza a comprobarlo.
Recuperar en Cristo lo que se perdió en Adán
Toda esta riqueza espiritual que poseemos tiene su origen en la creación misma. Adán, antes de la caída, fue la única persona perfecta —aparte de Jesús— que existió en la tierra, hecho conforme a la imagen y semejanza de Dios. Con el pecado perdimos esos atributos: salud, prosperidad, plenitud. Pero en Cristo Jesús los recuperamos. El obstáculo suele estar en nuestra propia voluntad, en esos dogmas de escasez que llevamos sembrados en la mente y que impiden que Dios opere. Por eso oro cada día pidiéndole al Señor que me muestre en qué estoy equivocado, qué creencias aprendí mal, para poder transformarlas. Siempre habrá un mejor Oscar Manco, un mejor Javier, un mejor Víctor, cuando aprendemos a buscar ese pensamiento superior.
Barranquilla, la violencia y la falta de amor en los acuerdos de paz
Desde mi experiencia en cargos públicos —gobernador encargado del Magdalena, secretario de Desarrollo, director de Política Pública en el Atlántico— también miro con dolor lo que vive hoy Barranquilla, golpeada por la delincuencia y la muerte de tantos jóvenes. Insistí, desde el plebiscito de paz, en que no era posible vencer el odio con más odio, y que se necesitaba trabajar el perdón en el corazón de los firmantes. Eso nunca se hizo. Ni con la desmovilización de las AUC ni con la de las FARC hubo una estrategia real para sanar los corazones de miles de hombres, y hoy muchos de ellos lideran las bandas que azotan nuestra ciudad. A eso se suma el lumpen que llegó de Venezuela y el que ya existía en Barranquilla, atraídos por el crecimiento de una ciudad que, paradójicamente, se volvió más vulnerable por su propia pujanza. Por eso creo que la única salida posible es tratar esto con justicia, pero también con misericordia y amor, entendiendo que muchos de esos jóvenes fueron vinculados desde niños a estructuras que nunca les ofrecieron otro camino. # Inteligencia espiritual.

Por: Dr. Óscar Manco Espeleta, abogado, escritor, pastor y conferencista. Experto en desarrollo integral del ser humano, gobierno y políticas públicas. Autor del libro Seis Rutas, Siete Victorias y de la teoría del Desarrollo Integral del Ser Humano.
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