Alcohol, drogas y restauración: la historia del pastor Israel Martínez

De las calles de Rebolo a un púlpito en Cartagena: el testimonio del pastor Israel Martínez, restaurado por Dios tras 15 años de adicción.
Pastor Israel Martínez González

Hay barrios que marcan a quienes nacen en ellos, y Rebolo, ese sector popular del Suroriente  de Barranquilla, que en otro tiempo llamaban «la zona negra», fue la cuna de un hombre que hoy predica con la misma pasión con la que alguna vez buscó refugio en el alcohol y las drogas. Israel Martínez González llegó al mundo hace cincuenta y siete años en este sector, un territorio indomable donde la delincuencia y el vicio eran sus vecinos cotidianos. Nadie hubiera imaginado, viéndolo crecer entre las aulas del Colegio Centro Social Don Bosco y las calles destapadas, que aquel muchacho terminaría, décadas después, al frente de una de las asociaciones ministeriales más importantes de la costa Caribe.

La curiosidad que abrió una puerta

Todo comenzó, como tantas historias de caídas, con una curiosidad juvenil. Tenía apenas dieciocho años cuando en una fiesta de carnaval alguien le ofreció probar algo nuevo: «Esto te va a poner chévere», le dijeron en medio de la música estridente.  Fue solo eso: un intento, una exploración, la inocencia de quien cree que puede controlarlo todo. Pero esa noche marcó el inicio de quince años de cautiverio. Lo que empezó como un consumo social de fin de semana se convirtió, poco a poco, en una rutina diaria, en lo que él mismo describe como «un proceso de erosión continua», una sombra que fue devorando, uno a uno, los pilares de su vida: su matrimonio, su estabilidad económica, su dignidad.

El descenso tuvo capítulos duros. Fue, inicialmente, vendedor y luego administrador de un próspero negocio en la calle 30, con ingresos que en esa época representaban una pequeña fortuna. Pero el vicio no perdona ascensos: el 6 de septiembre de 1993, un día después de que Colombia goleara 5 a 0 a Argentina, la vida le cobró su propia goleada. Así como aquella noche la Selección no dio tregua, tampoco se la dieron a él las consecuencias de sus malas decisiones. Salió por la puerta trasera del negocio. Los embargos se llevaron cuanto tenía en su casa. Vendió sus prendas, su colección de gorras, cualquier cosa que le diera unos pesos, mientras su propio marcador personal —el de una vida que se derrumbaba— seguía sumando goles en contra.

De administrador pasó a vendedor ambulante, y de ahí a barrer las calles de Barranquilla con la empresa Aseo Técnico, en lo que él describe, sin rodeos, como a Dios «limpiando el piso con mi orgullo». Pero por la misma situación de adicto fue despedido. Pasó entonces a vivir del rebusque, lo que lograba ganar se iba en el consumo. Su padre, pensionado de las extintas Empresas Públicas Municipales, prácticamente sostenía su hogar conformado por él, su esposa y dos hijos. 

La esposa que ora

En medio de ese naufragio hubo una figura que nunca dejó de sostenerse en pie: su esposa, Liliana Herrera Hernández. Ella era vecina del sector, y el destino —o quizás algo más grande que el destino— quiso que un tío suyo se la presentara. Bastó un año de noviazgo para que decidieran unir sus caminos: un 17 de julio de 1987 se casaron, él con apenas dieciocho años, ella con diecinueve, dos jóvenes que se atrevieron a prometerse amor sin saber todavía cuán duro sería el camino que les esperaba.

Liliana fue testigo silenciosa de una doble vida marcada por peleas cada fin de semana, de noches en las que el hombre que amaba se le perdía entre el humo y el alcohol. Y sin embargo, no huyó. Cuando comprendió que no podía cambiarlo con sus propias fuerzas, con sus propios ruegos ni con sus propias lágrimas, hizo lo único que le quedaba: buscar a Dios.

Inició con los testigos de Jehová, pero algo la llevó finalmente a una pequeña iglesia bautista del barrio Rebolo, a la que llegó por una pauta radial que escuchó por casualidad. Poco a poco, Israel empezó a notar el cambio: ya no había reclamos, ya no había gritos, sino una paz que él no entendía, y que despertó en él la curiosidad de seguirla a los cultos, convencido al principio de que ocultaba otra relación.

El punto de quiebre llegó un domingo, bajo los efectos del alcohol y la droga.  Ese día echó a  su esposa. Antes de salir de la casa con sus dos hijos, ella lanzó al aire una frase que él recuerda como un decreto profético: que aquel hombre que hoy la echaba de su casa, algún día sería predicador de la Palabra de Dios. Esa noche, Israel durmió solo, en el patio de la casa de sus padres, sobre una mesa. Buscando distraerse con la radio, solo encontró una emisora cristiana. La escuchó. Sintió que el mensaje que allí se predicaba había sido preparado, inexplicablemente, para él.

Pastor Israel Martínez González, su esposa e hijos

La noche que todo cambió

Al día siguiente fue a buscar a su esposa y le pidió perdón. Esa misma noche asistió a un culto de oración y, por primera vez, abrió de verdad su corazón a Dios. Fue el 22 de enero de 1998. No hubo fuegos artificiales ni liberación instantánea, pero sí un proceso: dos meses después fue bautizado junto a su esposa, algo inusual dentro de la tradición bautista, que exige años de discipulado antes de ese paso. Con apenas once meses en la fe, predicó por primera vez, otra excepción abierta por Gracia divina. Y en oración, tiempo después, experimentó lo que describe como una liberación directa: sintió, literalmente, que las cadenas se rompían.

De ahí en adelante, la vida de Israel Martínez González se transformó en un testimonio de restauración progresiva. Predicó en Barranquilla, se hizo conocido a través de la radio, ha viajado por Colombia y por catorce países más. En 2008, una palabra profética que había recibido meses atrás se cumplió: fue llamado a pastorear una iglesia en el barrio El Pozón de Cartagena, ciudad a la que llegó sin más que unas camas, una mesa y cuatro sillas. Hoy, dieciocho años después, es pastor principal de la Iglesia Bautista Internacional Amor Fraternal, presidente de la Asociación de Ministros del Evangelio en Bolívar, AMEB, y presidente de Fecaribe. Su historia, contada en la sección El Personaje del noticiero La Alianza Informativa de La Voz de la Patria Celestial, es la prueba viva de que no hay abismo  tan profundo que la mano de Dios no pueda alcanzar.

Por: Javier Ahumada  Bolívar, Periodista y escritor

Retrato de Javier, director de Buenas Nuevas y líder en comunicación cristiana
Director del portal Periódico Buenas Nuevas

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