Laiz Acosta: “He vuelto a renacer”

Escrito en medio de la pandemia por Javier Ahumada Bolívar

La mañana del sábado 22 de agosto de 2020, como todos los días, la pastora Laiz entró a la habitación de su casa que han destinado, ella y su esposo, para tener encuentros con Dios a través del devocional.  Entró pensando en lo afortunada que era por poder hablar con Él. No había transcurrido mucho tiempo, cuando un impulso irresistible la llevó a tocarse con la mano izquierda su seno derecho para hacerse un autoexamen. Desde entonces lucha contra el enemigo número uno de las mujeres: el cáncer de seno.

Pero no solo el cáncer la ha golpeado, parte de su niñez y adolescencia fueron como una procesión maligna, que incluyó cinco intentos de suicidio.

El padre las abandonó, a ella y a su joven madre, cuando tenía dos años de nacida. Un día se fue para Venezuela, con el peso en la conciencia de dejar a dos mujeres desprotegidas, -realmente lo conocí 15 años después, en un encuentro triste para mí- afirma Laiz.

La separación de sus padres no vino sola, ella también se separó de su mamá, y quedó bajo la custodia de sus abuelos maternos con quien vivió cinco años. En la nueva casa se convirtió en la consentida, todo orbitaba a su alrededor.  

–Fueron los mejores años de mi niñez -recuerda.

Un día cualquiera, la fecha misma no la recuerda, Laiz fue arrancada abruptamente de su espacio, donde se hacía lo que ella quería, donde ella mandaba, donde era el centro de atención de la familia, bajo el beneplácito de sus abuelitos. Se la llevaron a otro hogar, este conformado por su mamá y su nueva pareja, un comerciante advenedizo para ella; a quien después aceptaría como su padre.

Laiz dejó de ser el centro de atención, su madre era autoritaria e inflexible en sus decisiones y su padrastro desentendido de las cosas de educación y formación en casa, eso sí, era el encargado de proveerles todo. La madre, era quien llevaba las riendas del hogar.

Hoy la pastora Laiz Acosta hace esta reflexión sobre el tema:

-El padre debe afirmar a sus hijos, la palabra de un padre es muy importante porque desde aquí se va construyendo la identidad de aquel ser. Son muy importantes las palabras de afirmación, positivas, de grandeza hacia ese niño, declarando un destino poderoso para él, y darle tiempo de calidad y acompañamiento. Muchas veces se delega esta función a otras personas y la responsabilidad es de los padres. Me dice a través de la línea telefónica.

La rigurosidad de “aquí se hace lo que yo diga”, no sentirse aceptada, palabras hirientes en su contra, como tú no sirves para nada, entre otras cosas, hizo que Laiz Acosta, se convirtiera poco a poco en una niña introvertida, ermitaña, acomplejada y rebelde. Pero lo que más la torturaba eran las comparaciones. Le daba miedo hablar y no ser aceptada, hacer algo y ser rechazada. Decidió entonces meterse en un caparazón impenetrable para autoprotegerse. 

Ya en la adolescencia, sentía que su vida estaba sin propósito y vacía, y no encontraba como llenarla. Se auto flagelaba recordando cada palabra que la hacía sentir menos, que la hería. Todo para ella era oscuro, tenía miedo de vivir. Su mente se llenó de pensamientos como: para qué estoy viva si realmente no sirvo para nada. Era una joven que coleccionaba en su mente todos los agravios y proclive a la depresión.

A los 14 años, consumida por su baja autoestima, hizo el primer intento de suicidio al ingerir una sobredosis de pastillas: “Para escaparme de este mundo”. Decía.

“Los rompimientos de vínculos primarios, que habían sido suplidos por los abuelos, creó un gran vacío, que no fue llenado por su madre, y abrió puerta a la necesidad de escapar de la vida, y por ende dio entrada al espíritu de muerte. La depresión adolescente está ligada a estos vínculos y la sana convivencia que contribuye a la formación del carácter, el cual fue violentado al ser sacada del hogar de los abuelos”. Afirma la psicóloga cristiana Marlyn Pérez.

Este espíritu de muerte que habla la psicóloga Pérez, hizo y deshizo con la vida de Laiz. Le siguieron cuatro intentos más. El último, tuvo lugar después de un desencuentro con su madre. Fue la última gota que rebosó el vaso.

“Después del altercado con mi madre, como otras veces decidí marcharme de casa, pero esta vez no fui a donde mis abuelos, como siempre lo hacía”. Recuerda. Se fue con su infelicidad y desventuras a la casa de una amiga, con una bolsa llena de ropas y la idea fija de lo injusto que era la vida con ella. Una sensación de orfandad la invadía. Pero estaba resuelta a jugarse la vida sola.

Por esa época cursaba cuarto semestre de Administración de Empresas en la Universidad del Litoral, en Barranquilla. Ahora sola, debía sostenerse y procuraba en vano conseguir trabajo, para no tener que depender de su familia. Pero no era tan fácil. Comenzó entonces una batalla en su mente, después que le hicieran una propuesta de conseguir dinero para la manutención a merced de su cuerpo primaveral.

Estaba contra la espada y la pared. No era posible que una mujer con buenos principios como ella cayera a lo más bajo: La prostitución. Prefirió quitarse la vida. Ese 21 de enero de 1999, se encerró en el cuarto que la había acogido, desde que se fue de la casa, llorando desconsolada pero decidida. Se cortaría las venas, con una cuchilla que ya había comprado, para acabar con esa desdicha sempiterna.

Se tiró de bruces al piso a llorar; en ese momento comenzó a hacer una retrospectiva de su vida. Desentrañaba de la memoria los días felices de la infancia y una cantidad de acontecimientos que había mal vivido. Pensó que después de sus abuelos nadie en sus 19 años de edad se había preocupado por ella.  O si, su primo Remberto Acosta, que cuando se veían le hablaba de Dios. En esas conversaciones ella sentía una paz que no podía explicar. Nunca aceptó la invitación de Remberto de asistir a una iglesia. “Yo estoy muy joven para esas cosas”, concluía.

Alentada por ese recuerdo hace una extraña petición: “Dios yo nunca te he orado, pero así como cambiaste la vida de Remberto ¿por qué no cambias la mía? Yo te prometo que si tú me cambias, te voy a servir”.    

No sabe cómo ni cuándo se durmió. Al despertar, la misma sensación de paz la invadía, era como si alguien hubiera conversado con ella en el sueño que la tranquilizó. -Algún sueño tuve pero no me acuerdo, le dijo a su amiga mientras desayunaban.

Quien no estaba tranquilo era su primo Remberto, esa mañana decidió llamarla por teléfono sin saber lo que pasaba por la mente de su prima, ni la angustia existencial que sentía.

-Laiz tengo un mensaje del Señor para ti: Ven a mí que yo te refugiaré y en mí encontrarás lo que tú estás buscando. Le dijo.

En ese instante y como exhalación llegó a su mente el sueño que había tenido y que había olvidado. Recordó que estaba sola en medio de una calle solitaria y oscura bajo una lluvia fuerte, y que trataba de refugiarse. Después de buscar infructuosamente un sitio para protegerse, vio una luz que se acercaba a ella.

–Laiz ven conmigo que yo te refugiaré y en mí encontrarás lo que estás buscando.

– ¿Dónde estás que no te veo? Le preguntó Laiz a la luz.

–Búscame y me encontrarás. Le respondió.

Remberto Antonio Acosta Ariza de 58 años, recuerda esa llamada que le hizo a su prima y que Dios usó para conquistarla, lo que no recuerda es quien le pasó el número telefónico.

-Normalmente hablaba con ella, al saber por la situación que estaba pasando en su casa, siempre le prediqué de Dios, pero, es en el tiempo de Él que suceden las cosas. No sé, ese día sentí el impulso del Espíritu Santo de llamarla. Me contó lo que le había sucedido y que quería sentir siempre esa paz que estaba sintiendo ese día. Después de darle el mensaje del Señor le sugerí que escuchara la emisora Radio Minuto, que leyera la biblia y que fuera a una iglesia donde se predique el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Ese día, Laiz Acosta era otra persona.  Salió a buscar una biblia y se leyó todo el capítulo de Génesis. En la habitación donde proyectó meticulosamente quitarse la vida, ahora era el sitio de oración, ayunos, vigilias y de encuentros con Dios.   

-Para mí fue un altar de liberación, de sanidad, de paternidad. El Señor me liberó de ataduras, esa tristeza infinita desapareció. Recibí bautismo y mucho gozo. Y lo más importante, aprendí a perdonar a mis padres. Tomé la decisión de visitar a mi madre, a la que antes no quería ver. Le pedí a Dios que me preparara para ese encuentro.

Antes de visitarla comenzó a enviarles cartas.  Por 15 días le envió una epístola diaria con mensajes que el Señor colocaba en su corazón. El día esperado llegó. Se trasladó hasta el sitio donde su madre trabaja, una tienda de autoservicio, en el barrio Ciudadela 20 de Julio al sur occidente de Barranquilla, el propietario del negocio era el papá de crianza de Laiz.

En ese lugar, ante la mirada de varios clientes que compraban alimentos, le pidió perdón a su madre.  Se fundieron en un abrazo y le contó que estaba en proceso de transformación, que Dios la estaba cambiando para bien. Lloraron juntas, la madre no podía creer lo que pasaba. Le pidió que volviera a la casa. –Aún no estoy lista para volver mamá, el Señor necesita formar más mi carácter, le respondió. Sin embargo, sí aceptó trabajar con ellos para ganar lo de su manutención. 

Antes del proceso de cáncer. Con la médico Brenda Castillo, su mejor amiga.

La mujer de la tristeza infinita y alegrías efímeras quedó atrás, su gozo ahora era permanente. En el cándido rostro de mirada dulce brillaba la luz de Jesús.  Familiares y compañeros de universidad daban cuenta de su cambio. Ahora tenía expectativas de vida, sueños que cumplir. Se sentía amada.

Le pidió a Dios que la colocara en una iglesia, ella no quería escogerla. Hizo un periplo por varias congregaciones y terminó asistiendo al Centro Cristiano Adonay en el barrio La Unión. Una pequeña iglesia, la lideraban el pastor Alberto Montaño y su esposa Liliana Bayona. En ese lugar se discipuló fue bautizada en aguas, hizo parte del grupo de alabanza, fue servidora –haciendo el aseo a la iglesia-.

–Para mí era un deleite servirle al Señor en lo que fuera.  Allí se congregó por más de dos años.

El pastor Alberto Montaño la recuerda así:

-Ella llegó a la congregación hace como 19 o 20 años, tenía un gran deseo de servir al Señor y sentido de pertenencia con la obra. Estuvo también en el trabajo con jóvenes y en el grupo de alabanza.  Siempre estaba dispuesta al servicio. Llevaba personas a la iglesia, es más, una muchacha que ella trajo aún está con nosotros. 

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Llega el amor

Laiz retornó a trabajar en otro negocio de su padre de crianza, Merka 2000, ubicado en el barrio Soledad 2000, del municipio de Soledad, un autoservicio en el que había estado laborando allí cuando no conocía de Dios. En este sitio recibía diariamente cientos de clientes. Entre ellos al pastor Alfredo Zárate Ortega, de la Iglesia Comunidad Cristina Más que Vencedores, eran vecinos.  La iglesia quedaba a pocas cuadras del negocio.  

El pastor Zárate, hombre de estatura promedio, de tez trigueña, contextura robusta con una barba en forma de candado y de sonrisa tímida; un día llegó como cliente y cuando la vio, quedó impactado.-Lástima que no es cristiana, pensó frustrado al detallar su hermosura, cuando se paró frente a la caja para cancelarle una botella de agua. 

Pasó un año aproximadamente de aquel evento. Ahora Laiz regresaba como cristiana y sostenía una relación de amistad con Luis Rada, joven también y conocedor de la Palabra.  Un día cualquiera, este amigo, se presentó a la tienda para decirle que había tenido un sueño con ella:

-Te vi casándote. Le dijo Luis, señalándola con el dedo índice.

–No tengo novio, ni nadie a la vista. Le contestó incrédula y con una amplia sonrisa.

-Bueno, no me creas, tu matrimonio está cerca. Le sentenció.

Pasaron tres días, cuando Luis Rada llegó a la tienda con Alfredo Zárate, quien fungía como su pastor. Sin otra pretensión, que conociera a su líder, el joven le presentó al pastor. 

-Lo vi con mucho respeto. Ningún pensamiento se me pasó por la mente. Recuerda Laiz.

El pastor, ahora, con otra motivación, pues la mujer que un año atrás lo atrajo físicamente se había convertido en cristiana, comenzó a frecuentar el negocio. Conversaban de cosas relacionadas con la iglesia, campañas, servicios, de los sueños y proyectos de cada uno. En una de esas conversaciones le dijo que anotara su número de celular “por si me quieres llamar algún día”.

-Pastor no me dé su número, yo no acostumbro a llamar hombres. Los hombres, al menos en mi caso, cuando uno los llama piensan que uno quiere algo más allá de la amistad.

-Bueno hagamos una cosa tome mi número y yo la llamo unas veces y usted otras. Le insistió el pastor.

Laiz se sentía atraída más que del hombre por el pastor, admiraba su pasión por el Señor. Un día, después de pensarlo varias veces, él la llamó para invitarla a salir. Fue en la Heladería Americana, de la calle 72, donde hablaron por primera vez fuera del autoservicio.

Cuando le pregunto detalles de ese episodio, a través de la línea telefónica, por primera vez la escucho reírse.  Era una risa de adolescente nerviosa como si fuera la primera vez que desempolvara ese recuerdo. Hace pausas para contestar queriendo decir: no preguntes por esto que me da pena. 

Ese día en medio de sorbos de helados hablaron de lo divino y lo humano. Él se desgajaba por dentro y no fue capaz de decirle “que bonitos ojos tienes”. Ella se gozaba escuchándolo y pedía a Dios en silencio que le mandara de esposo un hombre que amara tanto a Cristo como el varón que tenía frente a sus ojos.

Después de muchas charlas, de preguntas y respuestas, de ires y venires y con la certeza que Dios estaba de por medio en una posible relación sentimental, el pastor Alfredo Zárate le pidió que fuera su novia.

-Él se iba de viaje por un mes y me dijo que oráramos al Señor para que confirmara lo que ambos estábamos sintiendo.  Y así fue. Cuando llegó del viaje me visitó en la casa y me pidió que fuera su novia y yo acepté. Explica riéndose.

Se retiró de la iglesia Adonay y comenzó a asistir a la de su novio, quien poco a poco se convertiría en su mentor.

Un año después, el 23 de agosto de 2003, se casaron por lo civil. Siete días más tarde la ceremonia religiosa se hizo en la Iglesia Cristiana Cuadrangular Central. El encargado de unirlos, con cordón de tres dobleces, acá en la tierra y el cielo fue el pastor Sigifredo Silva. 

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Vida ministerial

Ahora era la pastora Laiz, esposa del pastor Zárate, un hombre con gran reconocimiento ministerial mayor que ella unos años. Por esa época, Laiz Acosta, tenía 23 años recién cumplidos pero daba la apariencia de tener menos. La mayor parte de la congregación no vio con buenos ojos el matrimonio y menos tener a casi una adolescente, sin mucho ‘recorrido espiritual’, pastoreándolos. Inclusive llegaron a decir que ella sería la causante de enterrar el ministerio del pastor. Se sentía acorralada, señalada y rechazada, por quienes debían acogerla: sus hermanos de la fe.

“Me criticaban muchísimo, de alguna manera me hicieron la vida imposible. En mis oraciones le preguntaba al Señor por qué sucedían estas cosas y entendí, de parte de Él, que era el proceso que tenía que vivir para ser madurada en mi área emocional, porque 7 años después el Señor me llamaría en lo profético. Y como sabemos cuándo Dios habla a través de un profeta no siempre es la palabra que la gente quiere escuchar.  Todo ese proceso me sirvió, también, para entender a otras mujeres que están pasando por rechazo”. Precisa.

Detrás de cada proceso hay  un propósito divino y todas las cosas suceden para bien, a Laiz le sucedió como a José que hasta sus hermanos de sangre conspiraron para asesinarlo, fue vendido como esclavo y pasó largo tiempo en la cárcel; al final Dios le dio la victoria al convertirlo en gobernante de Egipto, segundo después del rey.  

A medida que pasaban los años, de la mano de Dios y su esposo, Laiz crecía desde el punto de vista espiritual, se esmeraba por aprender, estudió Teología y diariamente escudriñaba la biblia, su acompañante fiel.

Poco a poco se iba renovando la iglesia, que después tomaría el nombre de Iglesia Morada Internacional. Muchos de los que la criticaban dejaron de congregarse y paralelamente entraba una generación de discípulos que aceptaban a la pastora en ciernes.

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Llamado profético

Es común que a las iglesias lleguen pastores invitados a predicar y Morada Internacional no era la excepción. En varias ocasiones profetas de diferentes congregaciones a nivel nacional e internacional, declaraban palabra a la pastora Laiz sobre su llamado al ministerio profético.   En el año 2010, el Señor por su gracia, comenzó a activar ese llamado hasta darle cumplimiento.

Después crecieron las invitaciones para predicar en diferentes iglesias de la Región Caribe y Colombia. En el 2016 comienza su periplo internacional. El primer país que visitó fue Venezuela; el apóstol Jesús Méndez, del Ministerio Internacional Vanguardia la invitó a predicar en su iglesia ubicada en Barquisimeto capital del Estado de Lara. Posteriormente visitaría otros países como Panamá, República Dominicana, Estados Unidos. Su último viaje, en 2018, fue a Argentina donde por 16 días consecutivos predicó en diferentes iglesias.

Eran tanto los compromisos que no había tiempo para otras cosas sino para preparar prédicas, viajar, reuniones ministeriales, consejerías y organizar eventos. “Mi vida es predicar”. Decía en tono jactancioso. Para ella el descanso era una pérdida de tiempo. Se sentía responsable de todo y por todos. Era perfeccionista, estricta en cada tarea que realizaba y las que encargaba   a los miembros de la iglesia que tenían cargos ministeriales. Pensaba que de esa forma le servía a Dios, que Él se agradaba con lo estaba haciendo.

“Yo me creía la mujer maravilla, la que todo lo podía hacer. Sentía que era mi responsabilidad todo el mundo, no sabía decir no. Me llené de tanta carga y estrés que después mi organismo me cobró todo esto”. Advierte.

Año de reposo

A finales de cada año, como es costumbre, los pastores entran en ayuno para que el Señor les revele la palabra que direccionará el siguiente. “El año del reposo”, fue la palabra que recibieron por parte de Dios para el 2019. Al parecer entendieron otra cosa porque ella permanecía embelesada en las actividades.

 Su cuerpo le hablaba, pero ella no lo escuchaba. Estaba distraída en la rutina, en el activismo cotidiano.  Los leves llamados poco a poco se fueron convirtiendo en gritos desgarradores. Fue cuando su presión arterial llegó a 70/40 mm Hg., que prestó atención.   Su cuerpo ya no tenía energía. “Llegó un punto en que la falta de energía no me permitía siquiera mover los brazos”. Comenta Laiz.

A comienzos de 2019, se alertó con un síntoma extraño en el pecho. Sus palpitaciones, para casi todos los humanos imperceptibles, ella las escuchaba y su corazón se aceleraba de forma desmedida. En primera instancia le diagnosticaron costocondritis. Una especie de inflamación del cartílago que conecta una costilla al esternón.

Los tratamientos que le mandaron por parte de su EPS, no le sirvieron y por el contrario nuevos síntomas aparecían.

Decidió entonces hacerse un chequeo particular. El especialista, un electrofisiólogo cardíaco, que la atendió, después de escucharla con atención y valorarla, le explicó lo que a su parecer tenía.  

“Tu corazón está cansado, tu cuerpo lo llevaste al límite; has manejado un alto nivel de estrés. Tu cuerpo se queja por el peso de la sobrecarga que llevaba sobre sus hombros”, le indico el galeno. Hasta entonces cayó en cuenta lo de: ‘El año del reposo’. No le mandó a tomar ningún medicamento solo una estricta recomendación: Reposo absoluto y desconectarse de todo.

Siguió la sugerencia al pie de la letra y su cuerpo respondía; fueron cinco meses en el que se desconectó de todo para conectarse con Dios.   

-En ese tiempo entendí que mi vida no es predicar, que mi vida es Él. Entendí que el orden de prioridades lo tenía mal, que era un error tener a Dios y a la iglesia en primer lugar, como si fuera uno solo, cuando la iglesia no es primer lugar. Hacer esa separación y tener a la iglesia en otro lugar que no fuera el primero, para mí fue difícil. El Señor tuvo que permitir ese proceso en mi vida para llevarme a un total reposo, para que yo pudiera escuchar y entender lo que Él quería enseñarme. Aprendí que se puede vivir sin estrés, que el Señor no opera en el afán, que Él opera en el reposo.

Prueba de fe

En esas andaba, en reposo, sin estrés y en una especie de romance celestial con Jesús, cuando las cálidas brisas de agosto del año pasado, en medio de la pandemia, irrumpieron la tranquilidad del hogar.  Esa mañana de devocional, estaba esperando que el Señor le hablara, cuando automáticamente comenzó a palparse el seno izquierdo. Al descubrirse una masa dura, justo al lado de la axila, un mal presentimiento la invadió y sintió miedo. Colocó los dos brazos sobre el escritorio que tenía en frente y sobre ellos descansó la cabeza. “¿Qué es esto Señor? Preguntó sorprendida.  “Se diligente”, escuchó en lo más profundo de su mente.

Después de una leve pausa, asimilando el momento, se levantó, tomó el celular y le marcó a quien considera su mejor amiga: la médico Brenda Castillo. Le explicó la situación y acordaron sacar una cita para hacerse un estudio.

Al lunes siguiente llegó para que le realizaran una ecografía en el seno. La persona encargada de hacer el estudio, después de revisar minuciosamente, con el ceño fruncido, le recomendó hacerse de manera inmediata una biopsia, procedimiento que se usa para sacar muestras de tejido y luego analizarlos en laboratorio.

Con esperanza, fe y a veces con temor, esperó, por ocho largos días el resultado patológico.  Los estudios confirmaron lo que se suponía pero que nadie quiere aceptar: cáncer de mama grado tres.

“Cuando me entregaron los resultados quedé en shock, lo mismo que mi esposo. No entendía nada, porque tenía tantos planes y promesas que Él me había dado, pero nunca me habló de una nueva prueba. Estaba confundida”, cuenta.

Le dijo a su esposo, con la determinación que la caracteriza, que se iría a orar y que no saldría de allí hasta que Dios le contestara. Que para qué y por qué esta situación. En medio del llanto desconsolado, además, le pidió que le diera paz. “Aunque tenga este diagnóstico Señor, yo solo quiero tener paz”. Le repetía. A través de la biblia Dios le respondió, en el libro de Romanos capítulo 4, a partir del versículo 18 en adelante. 

“El creyó (Abraham el padre de la fe) en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido…”

Laiz entendió, que, por lo que estaba pasando, -era una prueba de fe. Esa Palabra la resucitó. Se secó las lágrimas, salió de la habitación y le dijo a su esposo que “esta es la última vez que voy a llorar por esto, porque entendí que es una prueba de fe, hay algo que vamos a pretender pero la vamos a pasar juntos”.

Comenzaron a batallar contra el cáncer, y contra otra guerra que los acechaba: la económica. El diagnóstico tomó a Laiz en proceso de traspaso de una EPS otra y mientras se daba ese traslado quedó como en un limbo que no le permitía que la atendieran en Coomeva EPS, que no la soltaba, ni en Sura a donde ella pidió traslado.  Así que por la gravedad del caso al principio les tocó costear con su propio pecunio exámenes médicos y consultas costosas.

A través de una tutela, llegó a feliz término el tema del traslado y comenzó en firme el tratamiento. Cuatro quimioterapias rojas y doce blancas inicialmente, con el propósito de disminuir el tamaño del tumor. -Las rojas son las más horribles, le llegan a uno todos los síntomas al mismo tiempo, tienes náuseas, falta de apetito, decaimiento físico, estado de ánimos cambiantes, es una batalla fuerte –apunta Laiz.

Durante las quimioterapias

La caída del cabello es el símbolo mundial de las personas que tienen cáncer; el efecto de las quimioterapias produce en el folículo piloso o lo que comúnmente se llama la raíz del cabello, un fuerte dolor, que se atenúa rapándose la cabeza. Laiz gozaba de una frondosa cabellera negra que poco a poco fue cortando hasta que un día decidió raparla por completo. Desde entonces, sus apariciones en los en vivo e imágenes que montaba en las redes sociales, se le veía luciendo turbantes de distintos colores o simplemente con la cabeza afeitada que contrasta armoniosamente con las pobladas cejas marrones, el brillo de los ojos negros, el rosa de sus labios y con el blanco intenso de los dientes.

El 16 de abril , de este año, recibió la última quimioterapia. Ese día, desde la sala en que se la aplicaron, hizo una transmisión en vivo a través de Facebook, en la que dio gracias a Dios, a su esposo, a sus familiares, a los profesionales de la salud que la atendieron, a la congregación de Morada Internacional y a sus amigos. Se le vio radiante y con el brillo de aquellos que alcanzan la meta, clavan la bandera en lo alto de la cima y lanzan un grito de victoria que rasga el cielo.

“En cada quimioterapia tuve una experiencia profunda, con mi Padre Celestial y conmigo misma, que me entrenó a no correr, a no afanarme, a vivir paso a paso, a esperar, a ser paciente, a resistir, a no soltar los sueños, a descansar, a vivir día a día con gratitud; que las pausas no siempre son estancamiento, que el dolor se supera, que Dios siempre permanece, que lo inesperado del cielo aparece cuando crees, que en medio de todo lo malo siempre hay tanto que aprender. Siempre enfocada en que llegaría este día el final de las quimioterapias y el aprendizaje sería superior a lo vivido. Aprendí al final que la fe inamovible se forma en los duros entrenamientos de la vida, y que todo obra para bien para los que amamos al Señor”. Escribió en Facebook.

                                                                                   **

Señal de victoria en la última quimioterapia

El candil de la fe, nunca se apagó. Laiz en medio del dolor físico sacaba fuerzas para sentarse frente a las cámaras para hace su programa Refrigerio del Cielo, que emite en vivo los martes a la 5:00.p.m. Hablaba de su experiencia, de la fe, del amor y voluntad del padre eterno; siempre inspirando, alentando y exhortando en amor a sus seguidores.

Fortaleció el trabajo de la Fundación Reforma Mujer, organización que nació para trabajar por la transformación integral de la mujer desde empoderamiento espiritual, emprendimiento, hasta la imagen personal. A través de programas como ‘Corazón Rosa’, para aquellas que han padecido o padecen de cáncer, ‘Esto No Más’, dirigido a las mujeres que han sufrido de maltrato verbal, físico o psicológico, y el programa de educación ‘Woman School’, se entregan herramientas que contribuyen a su crecimiento espiritual y material.

 En estos encuentros, por ahora vía zoon, no solo han participados mujeres de Colombia si no de distintos países del mundo, ávidas de una palabra de aliento.

Días antes de terminar esta nota, un mes después de la última quimio, de su cabeza rapada emergen, como un campo en primavera, miles de cerdas escondidas, por casi un año, en los folículos pilosos. Muestra que la prueba fue superada. Vendrán más, sí, pero, estas agarrada de la mano de Dios fueron superadas. “He vuelto a renacer”, concluye la pastora y profeta Laiz Acosta.

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3 Comentarios

  1. Al leer ésta historia viva, apasionante, exitosa y a la ves reflexiva, nos muestra que la vida en sí no es fácil, cómo tampoco lo es dentro del Camino en el Señor y que todo apunta de acuerdo al llamado que tengamos en el Señor; sin lugar a dudas ésta fascinante historia nos lleva a pensar que de acuerdo a la dimensión del Ministerio que
    en el Señor hemos sido llamado, así será las pruebas por las que tenemos que pasar; y Dios las permite para mantenernos humildes y sencillos como es nuestro Maestro y Señor JESUCRISTO. Bendiciones

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