Juan el evangelio del Logos

Logos en Griego, Verbum en Latín, la Palabra en Castellano. Un mismo término, en tres idiomas diferentes, para designar la misma realidad o esencia de Dios. Leemos en el Evangelio de San Juan 1: 1-5: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.”

Los cinco versículos de que nos ocupamos contienen una exposición de sublimidad sin igual respecto a la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Es a El evidentemente que San Juan se refiere al tratar de “el Verbo”. No puede negarse que el pasaje en cuestión encierra verdades tan profundas que el entendimiento humano no alcanza a sondearlas; mas también es cierto que en él se descubren otras claras y sencillas, que el cristiano haría bien en atesorar en la mente.

Nuestro Señor Jesucristo es eterno: “En el principio era el Verbo”. No comenzó a existir cuando la tierra y los cielos fueron creados; mucho menos cuando se anunció por primera vez el Evangelio al mundo. Poseyó gloria en unión del Padre “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.” San Juan 15:5. Existió desde la eternidad.

Nuestro Señor Jesucristo es una Persona distinta de Dios Padre, y sin embargo forma con El un solo ser. El Padre y el Verbo, aunque dos personas distintas, están aunados por medio de una unión inefable. Donde quiera que estuviese Dios Padre por toda la eternidad, allí estuvo también el Verbo o sea Dios Hijo. Iguales en gloria, coeternos en majestad, uno en esencia divina. Este es, a la verdad, un gran misterio. ¡Feliz el que pueda recibirlo como un niño sin pretender explicarlo!

Nuestro Señor Jesucristo es verdadero Dios: “y el Verbo era Dios”. No es meramente un ángel creado, o un ser inferior a Dios Padre, y que ha recibido de El poder para redimir a los pecadores. No es nada menos que Dios perfecto –igual al Padre en cuanto a la divinidad-– Hijo coeterno y de la misma sustancia del Padre antes de que los mundos existiesen.

Nuestro Señor Jesucristo es el Creador de todas las cosas. Lejos de ser criatura de Dios, como afirman algunos herejes, es el Ser que hizo todos los mundos y todo lo que estos contienen. “Él mandó, y fueron creados.” Salmo 148: 5.

Finalmente, nuestro Señor Jesucristo es la fuente de vida y la luz espiritual: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Toda la vida y la luz espiritual que Adán y Eva poseían antes de la caída, había emanado de Cristo. La emancipación del pecado y de la muerte, y la iluminación de la conciencia de que han disfrutado desde la caída muchos de los hijos de Adán, han provenido también de Cristo. Cierto es que la mayor parte del género humano, en todos los siglos, en todas las edades, se ha olvidado de la caída y se ha negado a reconocer la necesidad que el hombre tiene de un Salvador. La luz ha estado resplandeciendo en las tinieblas; y la mayoría de los hombres no lo han comprendido. Más si algunos individuos de los millones innumerables de la humanidad han gozado de vida y luz en lo espiritual, es el Hijo de Dios quien así los ha bendecido.

Lo que precede es una ligera reseña de las principales lecciones que se desprenden de estos admirables versículos. No hay duda de que muchas de las verdades que contienen están fuera del alcance de la razón; pero no hay una sola que se oponga a ella. Además, es preciso tener presente, que del pasaje pueden hacerse deducciones prácticas y sencillas que debemos examinar con cuidado y retener con firmeza.

¿Queremos apercibirnos de la excesiva gravedad del pecado? Leamos con frecuencia los cinco primeros versículos del Evangelio de San Juan, y notemos de qué naturaleza ha de ser el Redentor de los pecadores. Si el que nos libra del pecado tiene que  ser nada menos que el Dios eterno, el Creador y Preservador de todo lo que existe, entonces el pecado debe ser más execrable a los ojos de Dios de lo que generalmente se cree.

¿O es que queremos saber cuan solido es el cimiento sobre que estriban las esperanzas del cristiano? Examinemos una y otra vez los cinco primeros versículos del Evangelio de San Juan, y reparemos que el Salvador en quien el creyente ha de confiar es nada menos que el Dios eterno, el Ser que puede salvar para siempre a los que acudan al Padre mediante su intercesión. El Ser que estaba con Dios y era Dios, es también Emanuel, o sea Dios con nosotros. “El que creyere en Él no será avergonzado” 1 Pedro 2:6.

Escrito por el hermano JOSE L. ANGULO MENCO, filosofo, escritor, especialista en Ciencias Religiosas y Sagradas Escrituras y docente universitario.

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